de la anterior casa recuerdo muy bien cómo sonaba el reloj de la cocina. estaba en lo alto, presidiendo la mesa pegada a la pared donde éste estaba situado. se veía en el centro un faro, con un mar al fondo y una gaviota con el torso ligeramente girado, mirando al horizonte. el reloj sonaba cada hora, pero, en lugar de hacerlo a en punto, nos indicaba la hora a y veinte. todas las y veinte en esa cocina, escuchábamos al barquito llegando y acercándose al faro. escuchábamos su bocina, su roce contra el agua, el mar a lo lejos, y entre medias, unos berridos de gaviota. siempre pensé en grabar uno, y pasártelo, pero ya sabes, aunque hay veinticuatro ocasiones al día, nunca pensé que debiera estar tan atento a hacerlo, y prever que estuviera solo y en silencio para que pudieras escucharlo. el último día, la última madrugada, lo escuché desde la habitación, sintiendo como el barquito llegaba al destino al fin y ya no lo haría más nunca. bien es verdad que en aquél entonces -mañana miércoles hace ya una semana- estaba yo bien preocupado en otras cosas, como la mudanza, la entrega del día siguiente, el que no me quedara desayuno. en todo esto pensaba mientras graznaban las gaviotas allá abajo. ahora, cómo quisiera que lo escuchases.