doce y cuarenta de la mañana · miércoles cualquiera · diecinueve de agosto · dos mil quince

la idea fundamental del acabar de una vez por todas con la corrupción:
todos quieren más, más, pero no es una cosa casual, si no causal, generada por la codicia del vecino, cuando se cotorrea en el ascensor, y nos preguntamos qué tal los niños, la familia, está ya la abuela bien, y contestamos aparentemente y sin mirarle a los ojos, que quisieran estar cerrados, le contestamos a esa persona que nos pregunta saliendo de su nuevo la fulana del fin de semana, lo aborrecemos, pero queremos ser como él, cada día en su sofá, cada noche en una cama, él bien puede mirarnos a la nuca que nosotros orientamos al cielo, a techo de ese ascensor en el que estamos atrapados, y aún, va por el quinto piso, intentas no mirarle a los ojos porque sabes que ahí es donde se consume una de sus fulanas, y en lugar de mirarle por encima, sabiéndolo, miras hacia abajo, al suelo de goma suspendido a varios metros de altura, dando casi las gracias de poder elevarte en su compañía, pero consciente de que es aquél allá al fondo el lugar donde perteneces, pero te afanas por aquello que llaman seguir adelante, y subes, con él, y consigues levantar la cabeza, elevar la voz, y contárselo, responderle con respeto, la familia va bien, y aunque los niños siguen siendo pequeños y me dan la mano al cruzar, poco a poco van entendiendo que no hay diferencia alguna entre hacerlo o no, y tan sólo miran a los lados, mientras siento que ellos lo harán mejor que yo, y no debería ser así, apenas he hecho nada en la vida, y ya están ellos superándome, ay, pero la abuela, pobre, la superé hace tanto ya, me siento tan bien de sentirme así, le duele a ella, pero yo, pero yo, y poco a poco vamos bajando la voz, dándonos cuenta de la manera en que nos mira, sencillamente, ya ni nos mira, está recibiendo un mensaje o simplemente una oferta de trabajo, la cual cancela por sus ideas de un mundo equitativo y en armonía.