una vez que volví a esta casa me acordé del sonido de las campanas cada media hora. parece que siempre me vienen una vez estoy ya en un sitio diferente, como si allí sólo pudiera vivirlo para otro momento. ese salón, donde pasábamos las tardes y las noches en vela, no nos permitía centrarnos lo suficiente como para darnos cuenta de ese puntual sonido. como el de la gaviota, el puerto de la antigua casa, llegando siempre en hora pero sin contexto. ya están otra vez tocando a muerto, ya son y media de nuevo. pero las más de las veces era esta música que no nos dejaba escucharlas, y perdíamos, sin saberlo, las referencias, y nos amanecía encima esa luz homogénea que dejan como rastro las farolas, el alumbrado público, heterogéneo, y de tantos colores que tiene esta ciudad.
de ahí me vino la sensación, ahora lo comprendo, al tratar de expresar ese sonido, el de la campana cada media hora, como el de la gaviota cada hora y siempre a y veinte, la gaviota en el puerto, el puerto en la playa. es así como mi cabeza parece discurrir, y fue así como llegué a la sensación playera. era un contexto, era ese suelo y eran esas paredes, blancas, vacías, pero a la vez llenas de cuadros. el arte así te mira triste, apagado, al tiempo que se llena de arena de playa el piso alquilado frente a la playa. tiene algo de sucio, de estafa cutre por la que tenemos que pasar para poder disfrutar de aquél mar inmenso frente a la diminuta sala de estar.
esa campana, por fin, fue lo que me trajo a la playa, a ese salón de parqué de madera y duchas frías, a esa sensación cuando de niño ibas con tus dos padres. a no ver nada aún, a captar la realidad así, con sonidos, igual que ahora, pero sin tanto repiqueteo.